La “paz” estalinista de Santos

Diana Duque Gómez. Sábado 14 de marzo de 2015, 12:03 am

santosLa nación colombiana, compuesta por cuarenta y cinco millones de seres humanos, que durante décadas ha resistido valerosamente la agresión atroz de una guerra irregular desatada por unas fuerzas totalitarias de izquierda estalinista, está siendo traicionada y entregada a los diez mil asesinos armados de esa izquierda, las FARC, surgidos del Partido Comunista Colombiano, PCC, hoy con patente de corso gracias al falso proceso de paz puesto en marcha en La Habana, Cuba, por el infame y espurio presidente Santos, quien hace parte del socialismo fabiano o Tercera Vía, una de las vertientes del totalitarismo de izquierda.

Traidores-cómplices como Santos, en palabras del filósofo liberal Bertrand de Jouvenel “terminan por encontrar alivio vergonzoso en la paz del despotismo” (1), en este caso, la pérfida y tenebrosa “paz” del totalitarismo estalinista. La “paz” de la izquierda arrastra consigo la negación de todos los valores que sustentan el sistema de libertades individuales, cuya base es el hombre consciente, libre y creativo y la propiedad privada no monopolista que hace posible el dinamismo de la sociedad, con el despliegue de las infinitas posibilidades del potencial humano y que llevan a un orden espontáneo. Democracia libertaria y totalitarismo de izquierda son dos concepciones del mundo antagónicas e irreconciliables.

Como señala Erich Fromm, “la verdadera democracia constituye un sistema que crea condiciones políticas, económicas y culturales dirigidas al desarrollo pleno de individuos libres y conscientes (…) Consiste en acrecentar realmente la libertad, iniciativa y espontaneidad del individuo” (2).

En contraposición, el totalitarismo de izquierda, es una ideología de la opresión, de la exaltación de los odios, que utilizando una máscara altruista o lo que llamó Revel “la trampa intelectual de una ideología mediatizada por la utopía” (3), impone la esclavitud totalitaria, como es el caso del totalitarismo leninista-estalinista. Así, esa sutil estratagema liberticida y genocida ha sido suficientemente desenmascarada en las obras de los escritores rusos disidentes y de manera exhaustiva en el “Libro negro del comunismo” de Stephane Courtois y en el “Lobo del Kremlin” de Stuart Kahan, entre otros, quienes “muestran que el terror fue desde sus orígenes una de las dimensiones fundamentales del comunismo moderno. (…) Se trata de un comunismo muy real que ha existido en una época determinada, en países concretos, encarnado en dirigentes célebres –Lenin, Stalin, Mao, Ho Chi Minh, Castro, etcétera” (4).

El totalitarismo es una ideología de la dominación y del poder total sobre el individuo, su vida y su intimidad, un poder que detenta el monopolio absoluto de los medios de producción, de la fuerza de trabajo, de todos los aparatos económicos, informativos, culturales, ideológicos; que excluye cualquier tipo de actividad social independiente, cualquier forma de libertad y democracia, sobre la base de un terror psíquico y físico altamente tecnificado y perfeccionado. Para Hannah Arendt el terror es “la esencia del totalitarismo”; para Brzenzinski, su “característica más universal” y para von der Heydte, “su columna vertebral”. Tal es el caso del totalitarismo marxista-leninista que “puso en funcionamiento una represión sistemática, hasta llegar a erigir el terror como forma de gobierno” (5), primero con la dictadura de Lenin (1917-1924), fundador de la Unión Soviética. Luego este régimen modelo de terrorismo fue continuado, aumentado y perfeccionado por Stalin, el mejor discípulo de Lenin. Un “documento revelador de la concepción leninista del terror” es la carta de Lenin a Zinoviev, donde Lenin subraya: “Impulsamos el terror de masas en las resoluciones del soviet” (6).

El terror rojo ejercido durante el régimen leninista fue legalizado a través de la promulgación del código penal que entró en vigor en 1922, el cual fue elaborado bajo las instrucciones y supervisión directas de Lenin. Su objetivo fundamental fue legalizar la violencia contra los enemigos políticos considerados “enemigos del pueblo” o “enemigos de la revolución”, a los cuales se sentenciaba a muerte. Aclarando Lenin: “El tribunal no debe suprimir el terror, sino fundamentalmente, legalizarlo en los principios, claramente, sin disimular y maquillar” (7). De esta manera se dieron miles de ejecuciones sumarias con esta parodia de justicia. Por eso en aquellos países donde la izquierda controla la rama judicial, sus fiscales actúan de acuerdo a los lineamientos trazados por Lenin y Stalin encarnados en el Fiscal General de la URSS de la época de Stalin, Andrey Vyshinsky, quien fue el autor intelectual de los montajes jurídicos de las incontables y macabras purgas: “El terror era presentado como reflejo de la voluntad popular para proteger a la sociedad de sus enemigos” (8).

La escuela del terror leninista, el terror rojo, incluido el terrorismo judicial, se convirtió a partir de entonces en todo el mundo en la principal herramienta de las fuerzas totalitarias, para tomar o conservar el poder del Estado y sojuzgar de manera absoluta a las naciones en nombre del socialismo y del comunismo.

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NOTAS:

  1. Bertrand de Jouvenel, El poder. Editora Nacional, Madrid, 1974, pág. 344; 2. Erich Fromm, El miedo a la libertad. Editorial Paidós, Buenos Aires, 1971, págs. 317 y 319; 3. Jean Francois Revel, El renacimiento democrático. Plaza & Janes Editores, Barcelona, 1992, pág. 33; 4. Stéphane Courtois y otros, El libro negro del comunismo. Editorial Planeta, Barcelona, 1998, págs. 16 y 17; 5. Ídem., pág. 16; 6. Ídem., pág. 87; 7. Ídem., pág. 151; 8. Álvaro Lozano, Stalin, el tirano rojo. Ediciones Nowtilus, Madrid, 2012; 9. Voz, octubre 15 de 1987, pág. 14; 10. Voz, del 25 de junio al 1 de julio de 1992, pág. 6; 11. Treinta años de lucha del Partido Comunista de Colombia, Esbozo histórico elaborado por una comisión del Comité Central del Partido Comunista de Colombia, Ediciones Paz y Socialismo, Bogotá, 1960, pág. 17; 12. Umberto Valverde, Colombia tres vías a la revolución. Círculo Rojo Editores, Bogotá, 1973, pág. 57; 8. Marta Harnecker, Combinación de todas las formas de lucha. Ediciones Suramericana, 1988, pág. 77

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