Václav Havel: una política existencial

Ofelia Avella 03 de mayo de 2019 02:30 AM El Nacional

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Václav Havel (1936-2011) fue dramaturgo, ensayista, presidente de Checoslovaquia, entre diciembre de 1989 y julio de 1992, y de la naciente República Checa, entre febrero de 1993 y febrero de 2003. Entre otros, recibió el Premio Erasmus (1986) y el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades (1997)Las obras de teatro de Václav Havel, último presidente de Checoslovaquia tras la caída del comunismo (1989) y primero de la República Checa (1993), resultan interesantes no solo por los temas tratados en ellas, sino por el impacto que tuvieron en una sociedad ideologizada. El término “existencial” sugiere el carácter despolitizado de la vida, humana ante todo. El lenguaje, núcleo de las obras de los sesenta, es la más “natural” de todas las manifestaciones del hombre y por ello ineludiblemente influyente en la dinámica social.


Todo espacio vital es llamado “prepolítico” por Havel, pues no siendo esencialmente político,  tendrá sin embargo impacto en esta dimensión de la existencia. Su política será así “antipolítica”, entendiendo por esta un modo de vivir distinto al impregnado por los intereses ordinarios que ansían el poder por el poder. Enfrentarse a la vida cara a las cuestiones últimas, resulta en decisiones que abren a una sociedad a cambios más trascendentes y beneficiosos. Ubicarse en el mundo supone centrarse en él ante al enigma de la existencia: aquí radica el sentido de todo quehacer político verdaderamente humano. Así, pues, Havel el dramaturgo terminó siendo protagonista de la transición política de su país, tal vez porque nunca pensó serlo.

El tema nuclear de Una fiesta en el jardín (1963) y El comunicado (1965) es el lenguaje. La dificultad de comunicación, la crisis de la identidad del yo que no logra autoconocerse y autodefinirse, así como las limitaciones de la ideología que sume en un mundo escindido de la realidad y por ello engañoso, constituyen, entre otros, problemas implícitos.

Llaman la atención, ante todo, las consecuencias del uso de un lenguaje que constriñe el pensamiento. Los personajes de ambas obras manifiestan leves deseos de ser humanos, pero el ambiente se los impide. No lo logran. Sus intentos por mostrarse como son, por rebelarse y llevar la contraria al sistema imperante que los asfixia son débiles. En Una fiesta en el jardín se evidencia cómo equivocarse y amar son manifestaciones humanas. Tocarse, tratarse de “tú” resulta fuera de lo común, completamente extraño y nuevo. La filosofía sobre uno mismo que exhortan tener al personaje principal parece algo difícil de llevar a la práctica, pues ¿cómo se es hombre en un ambiente en el que impera la rigidez y no el cambio; en el que su riqueza y complejidad no se contemplan?

Las palabras como signos de los contrarios, de las paradojas, de las arbitrariedades, de las contradicciones propias de un régimen que impone como necesarias las leyes de la historia, eluden el uso obligatorio y forzado para mostrar que la vida es una aventura y no una maquinaria de la que el hombre es una simple pieza. Por más que el lenguaje lucha por seguir un curso distinto al de esa metodología de la historia que limita al hombre, la fuerza de los personajes es tímida y su escasa vida interior les obliga a centrarse en el mundo exterior. Los deseos de escapar son como impulsos moribundos ciertamente, pero existen y el arte, en Una fiesta en el jardín, asoma su importancia en este proceso: “Me alegra que veáis el asunto de la técnica de una forma tan vital, pero tampoco hay que sobrevalorar la técnica, si no, ¡corréis el riesgo de caer en un tecnicismo enfermizo donde el hombre se convierte en un objeto, en un engranaje del mundo deshumanizado en una civilización sin espíritu! ¡Como si el tema del arte no ofreciera un montón de problemas candentes!” (1).

Aunque con tenues quiebres, el lenguaje se zafa de la lógica despersonalizadora del sistema. Lo hace cuando se ve enredado en las paradojas propias de la burocracia, en las contradicciones de la mentira que quedan en evidencia por esa misma imposibilidad de limitar y encasillar la vida. Esto reluce de manera especial en El comunicado, cuando visto el fracaso del invento del “peditipeto”, la lengua oficial para entenderse y leer los comunicados que se envían a los funcionarios, debe inventarse otra llamada “choruktor”. Ambas procurarán ser precisas, racionales, científicas y evitar las ambivalencias propias de la anarquía natural con que nació la lengua materna. El problema del peditipeto es que no logra anular los “matices emocionales”. Además es complejo. Amerita de mucho esfuerzo para su aprendizaje. Sobre todo de “memoria y fe”, pues “sin una fe inquebrantable”, nadie es capaz de aprenderla. El choruktor procuraría salvar estas deficiencias, pero tampoco puede controlar el desorden de la lengua materna.

El desconcierto que genera la incomunicación es superado así por la dinámica natural de la vida. Aunque los personajes sufren y parecen aislados por el sistema, en la realidad logran escaparse a través de lo que Michael Zantovsky, en Havel, a Life (2), calificó como la “experiencia comunitaria” de la puesta en escena de una obra que provocó carcajadas. El se refería a Una fiesta en el jardín, pero seguramente esta pieza no fue la única que hizo reír a muchos.

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(1) Václav Havel, Largo desolato y otras obras, Galaxia Gutenberg, Círculo de lectores, Barcelona 1997, pág. 159.

(2) Grove Press, New York 2014, cfr. pág. 73.

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